Los estudiantes del Siglo XXI han experimentado un cambio radical con respecto a sus inmediatos predecesores. No se trata sólo de las habituales diferencias en argot, estética, indumentaria y ornamentación personal o, incluso, estilo, que siempre quedan patentes cuando se establece una analogía entre jóvenes de cualquier generación respecto a sus antecesores, sino que nos referimos a algo mucho más complejo, profundo y trascendental: se ha producido una discontinuidad importante que constituye toda una “singularidad”; una discontinuidad motivada, sin duda, por la veloz e ininterrumpida difusión de la tecnología digital, que aparece en las últimas décadas del Siglo XX. Los universitarios de hoy constituyen la primera generación formada en los nuevos avances tecnológicos, a los que se han acostumbrado por inmersión al encontrarse, desde siempre, rodeados de ordenadores, vídeos y videojuegos, música digital, telefonía móvil y otros entretenimientos y herramientas afi nes. En detrimento de la lectura (en la que han invertido menos de 5.000 h), han dedicado, en cambio, 10.000 h a los videojuegos y 20.000 h a la televisión, por lo cual no es exagerado considerar que la mensajería inmediata, el teléfono móvil, Internet, el correo electrónico, los juegos de ordenador... son inseparables de sus vidas. Resulta evidente que nuestros estudiantes piensan y procesan la información de modo signifi cativamente distinto a sus predecesores. Además, no es un hábito coyuntural sino que está llamado a prolongarse en el tiempo, que no se interrumpe sino que se acrecienta, de modo que su destreza en el manejo y utilización de la tecnología es superior a la de sus profesores y educadores. “Diversas clases de experiencias conducen a diversas estructuras cerebrales”, afi rma textualmente, al respecto el doctor Bruce D. Berry, de la Universidad de Medicina de Baylor, cuya afi rmación nos hace pensar que, debido a dicha instrucción tecnológica, los cerebros de nuestros jóvenes experimenten cambios que los convierten en diferentes a los nuestros. ¿Cómo denominar a estos “nuevos” estudiantes del momento? Algunos los han llamado N-GEN, por Generación en Red (net, en inglés), y también D-GEN, por Generación Digital. Por mi part e, la designación que me ha parecido más fi el es la de “Nativos Digitales”, puesto que todos han nacido y se han formado utilizando la particular “lengua digital” de juegos por ordenador, vídeo e Internet. ¿Cómo denominar ahora, por otro lado, a los que por edad no hemos vivido tan intensamente ese aluvión, pero, obligados por la necesidad de estar al día, hemos tenido que formarnos con toda celeridad en ello? Abogo por “Inmigrantes Digitales”. A propósito de los últimos, hemos de hacer constar que, al igual que cualquier inmigrante, aprendemos –cada uno a su ritmo- a adaptarnos al entorno y al ambiente, pero conservando siempre una cierta conexión (a la que denomino “acento”) con el pasado.
Es curiosa
la dualidad de si es bueno o malo ser un nativo digital, ya que se considera
que es bueno por el gran aumento de herramientas y recursos que se pueden
utilizar si conoces el lenguaje, pero por otro lado, se cree que puede ser
dañino, debido a la dependencia que crean las TIC. Para finalizar, un aspecto
importante a comentar es la falta de adaptación del sistema educativo a estas
nuevas tecnologías. El hecho de que los nativos procesen la información de
manera más rápida, y por lo tanto tengan un procesamiento cognitivo diferente.
Debería provocar inquietudes para adaptar la educación de hoy en día a los
estudiantes de hoy en día, pero nos encontramos que quien tiene que adaptar los
aprendizajes y las estrategias son los inmigrantes digitales, y por lo tanto no
pueden alcanzar el lenguaje digital que tienen los estudiantes. Estos cambios
se deberían tener en cuenta en el desarrollo de las próximas generaciones de
profesores, para actualizar el sistema educativo a los nuevos tiempos.
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